
Pese a su corta gesti贸n debe aceptarse que nuestro Presidente es un hombre bien inspirado. Al procurar la unidad nacional desde el inicio de su gesti贸n y, al paso, atenuar la originaria inspiraci贸n antisist茅mica de su propio grupo pol铆tico ha hecho ya mucho por la normalizaci贸n de la pol铆tica uruguaya. Puede afirmarse que ahuyent贸 al 煤ltimo de los espectros revolucionarios: la guerrilla devenida gobierno. Salvo raqu铆ticos ejemplares no queda, a derecha ni a izquierda, ning煤n grupo que sue帽e con operar al margen de la constituci贸n. Resta, es cierto, alg煤n peque帽o partido y sus ac贸litos sindicales, que contin煤an apoyando anacronismos como la 鈥渄ictadura del proletariado鈥 o la revoluci贸n antiburguesa, pero en tanto las difieren hasta la 鈥渃risis terminal del capitalismo鈥, de hecho nadie turba la pac铆fica institucionalidad uruguaya. Algo que no pod铆a proclamarse tan enf谩ticamente hace tan solo diez a帽os, cuando aun se so帽aba con la insurgencia de las periferias.
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